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Una historia de terror

A ver qué os parece esto como historia de terror:

Las cosas le empezaban a ir bien a Carla.

Tras años de sentirse atrapada en un pozo sin fondo, estaba trabajando por fin. Había tenido que dejar la ciudad donde había pasado media vida para volver a la capital, pero al final lo estaba consiguiendo. No era el mejor trabajo del mundo, pero le servía para ir pagando los estudios de su hija y salir adelante.
Y era un momento para celebrarlo. Con su hermana Luisa, Katia y Merche salieron a cenar por la ciudad. Era una noche para ellas solas. Para pasarlo bien.
Montaron en una carroza de caballos dentro del parque mientras el cielo se tornaba rojizo con el anochecer. Decían que había mucha contaminación, pero el color era impagable.
En el restaurante había doble espectáculo, por un lado era noche de micrófono abierto, por otro lado en la mesa cercana un grupo de hombres las estaban sonriendo, lanzando frases provocativas y tonteando con ellas.

La noche prosiguió en un local nocturno cercano. Unas copas y algo de música. Los coincidieron con los tipos del restaurante y Katia estuvo hablando con dos de ellos un rato. Uno era alto, fuerte, de metro noventa, el otro un tipo calvo de mediana edad con una mirada que no le gustó. Ella no quiso hacerles caso, había pasado por malas experiencias y algo le decía que aquella gente no era trigo limpio.

Carla bailaba en la pista, no había mucha gente porque era un jueves, pero no importaba. Quería pasárselo bien con sus amigas. Se giró en mitad de una canción y pudo ver a Katia el la barra. Estaba llorando y los dos hombres se reían. Su hermana, Luisa, se acercó al trío a ver qué pasaba.

-        ¿Qué te pasa?

Katia no supo responder bien. Había bebido, pero murmuró algo. Ella les había rechazado, y habían comenzado a llamarla “puta”, a insultarla y a humillarla.

-        ¿De qué coño vais gilipollas? –estalló Luisa.

El tipo alto la miró, y sin mediar palabra, le cruzó la cara con la mano abierta. Después otra segunda bofetada cayó sobre su cara.
Carla corrió hacia ellos pero no pudo llegar antes de que el tipo lanzara un directo a la cara de Katia que le chillaba asustada. La chica cayó al suelo de golpe, su zapato voló cómicamente en la dirección contraria. El portero acudió corriendo mientras el grupo de hombres lanzaba vasos y botellas a las mujeres. Carla se interpuso entre el gigante y su hermana, pero el calvo la estranguló por el cuello apartándola. Un chico se acercó para separarlos y acabó volando por los aires y cayó malamente esguinzándose el tobillo. El portero consiguió frenar el caos mientras el dueño del bar llamaba a la policía, mientras Carla intentaba atender a Luisa y Katia, temiendo que aquel puñetazo devastador la hubiera dejado seca en el sitio. Por suerte todo iba bien, hasta que se dio cuenta de que no sentía el dedo meñique. La sangre manaba profusamente y algo había cortado la carne hasta el ligamento. No podía moverlo.
La policía llegó, varios coches. E inmediatamente notaron que algo iba mal. Los agresores se identificaron como policías y en ese momento todas las actitudes cambiaron. El Namur vino a llevárselos, pero a Carla, tras un rápido reconocimiento, le dijeron que podía irse andando al hospital. A Luisa se la llevaron acusada de agresión y pasó la noche en comisaría, fichada.


Lo siguiente fue un trasiego de un lado a otro. Prestar declaraciones ante un juez, papeleo… en el juzgado se volvió a encontrar con aquellos hombres. No quería mirarlos. Solo quería que aquel episodio pasara. Pero la mirada del calvo en la entrada del juzgado era hiriente, sardónica. Se tocaba los genitales mientras las miraba con una sonrisa despectiva. “Por aquí me paso vuestra denuncia” parecía decir.
Intentó recibir asesoramiento, pero no recibió ninguno. Llamó al teléfono de ayuda contra las agresiones de género, pero al no ser su pareja, no se consideraba una agresión de género.
Porque no tiene que ver con el machismo que dos hombres acosen a una mujer en una discoteca. Porque no tiene que ver con el machismo que ante las negativas ellos la dirijan insultos machistas y sexistas. Porque no tiene que ver con el machismo que un hombre le cruce la cara a una mujer cuando le responde.

El portero, que había declarado que ellas habían sido agredidas sin provocación y que les habían llovido vasos desde el rincón de los hombres, había desaparecido. No se presentó a las dos citaciones como testigo.
El tipo alto había presentado un parte de lesiones, con un corte con varios puntos. Quizá alguno de los vasos también le diera a él, pero un conocido hizo indagaciones y al parecer, en la comisaría tenía fama de montar broncas, y no era la primera vez que se autolesionaba para presentar un parte. Todo esto, claro está, “off the record”.

Carla perdió el trabajo, apenas llevaba un par de meses y se tenía que pasar casi el mismo tiempo de baja. Con el panorama laboral que reinaba, no le sorprendió.
Si le sorprendió recibir una citación como imputada. Al parecer, ahora también la acusaban a ella de agresión y estaba citada como imputada.

- ¡Es ridículo!- se lamentaba-. ¿Cómo vamos a agredirles tres chicas de treinta y tantos que no pesamos ni sesenta kilos? ¡A un tío de dos metros! Y al otro…

Pero claro, ahora habían aparecido dos testigos nuevos que afirmaban eso. Y Carla ahora tenía que ir a una rueda de reconocimiento.

-        Me dicen que me lleve a alguien si quiero para que vaya a la rueda conmigo. Si no, pondrán a gente del calabozo al lado. ¡Cómo no van a saber que soy yo! Además tendrán fotos nuestras. Son policías. Y siguen en activo, con acceso a todos nuestros datos… mi dirección, mi coche…

No. Carla no recibió un abogado, por cierto. Según le informaron, se le asignaría uno cuando fuera a juicio. Antes de ir a juicio. A pie de juzgado. Y ella tiene miedo. Porque Katia ya tuvo que declarar y le asignaron a una abogada de oficio, pero en sus palabras “no movía el culo”. Así que contrató finalmente a un abogado, y la de oficio le remitió su minuta por una mañana de asistencia: 1000 euros.
Y Carla no tiene dinero, ha perdido su trabajo, no lo olvidemos.

Carla fue agredida una noche, y ahora mismo solo puede esperar no acabar en la cárcel por ello. España. Hay que quererla.

Después de todo, creo que no escribiré esta historia. Lo mío es la fantasía, que es menos deprimente.