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El Reino de los Gilipollas

Esta entrada lleva un tiempo en mi mente, pero como muchas otras, siempre la dejo para mañana. Y mañana ha llegado.

Hoy veo en las noticias que el juez ha dictado sentencia en el caso del "Caranchoa", y que ha multado al repartidor que abofeteó al youtuber con treinta euros de vellón por el guantazo de la discordia. No es el objetivo de esta entrada hablar del tema, porque eso daría para otro debate, pero me parece una sentencia muy correcta. Una multa simbólica y un texto que deja claro que: (...) "existió una asunción de riesgo por parte del denunciante, que sabe que se expone al resultado". Es más, la actuación del youtuber con su grabación "rebasa incluso la mera auto-puesta en peligro para llegar al consentimiento pleno en las lesiones".(...)

Esencialmente, el juez ha dicho que el youtuber se ganó la hostia, pero que nada exime al señor repartidor de su responsabilidad civil y que no es nadie para ir repartiendo mamporros a la gente. Y yo creo que tiene más razón que un santo.

Pero decía que este no es el tema, y este no ha sido el detonante que me ha hecho desempolvar el blog. No, lo que me ha molestado realmente es que en los comentarios de la noticia, alguien se mofaba de los espectadores aplaudiendo de manera tácita la actuación del caranchoa. Al parecer, el youtuber anteriormente-conocido-con-otro-nombre-que-me-da-mucho-asquito pero al que llamamos "Caranchoa" en un acto de justicia poética, cuando empezó a ver que la red se le volvía en contra con una oleada sin precedentes de efecto Streissand, decidió cerrar su actitivad, borrar todos sus vídeos de bormas pesadas (dejando, al parecer, solo los de caracter "benéfico") y finalmente, vendió el canal a una empresa de gafas de sol Alicantinas (Hawkers) por una cantidad indeterminada, pero que fuentes de Espejo Público situaban alrededor del millón de euros.

No se qué os parece eso, pero a mi me parece indignante.
Pero es lo que nos toca.

La primera vez que pensé en escribir esta entrada fue a raíz de una de esas excursiones de Youtube que no recuerdas como empieza, pero sí como acaba. Se que terminó en un extracto de programas de actualidad con entrevistas, y puede que comenzara con una canción del Reno Renardo. Acabé viendo un vídeo de algún programa de telerrealidad en el que se paraba a jóvenes en controles de la Guardia Civil, y concretamente, uno de ellos, era especialmente hostiable. Era un chaval con cara de capullo integral que iba puesto de TODO, conduciendo su coche de gama alta y riéndose como un cretino mientras el agente le estaba cargando de multas. Ese personaje había puesto en peligro su vida, la de sus amigos, pero mucho más importante, la todas las personas que se cruzaron con él esa madrugada y que no tenían la culpa de su estupidez.
Realmente esa persona me produjo un intenso desagrado. Pero lo que me molestó realmente era el vídeo relacionado que seguía a ese, en el que el tipo acudía al plató del programa del clon de turno de Ana Rosa Quintana a contar su experiencia. Porque claro, el tipo se había vuelto viral gracias a la red y era noticia. Y entonces los programas lo querían en su estudio. Y seguramente le habrían pagado por ello. Entonces mi mente hizo la asociación. Esa persona estaba siendo recompensada por ser un cretino. Por ser un payaso mediático. Pero lo más grave, estaba siendo recompensada por haber cometido un delito, no arrepentirse y reírse de la vida de los demás.

Y no era solo él.
Ya conocía el fenómeno "freak" de la televisión, donde personas sin un talento en particular eran encumbradas a la altura de celebridad simplemente por ser un engendro estrambótico que despertaba el interés o la simpatía de las masas. Y eso me parece triste, sí, pero realtivamente inocuo. Hasta podría verlo con cierta envídia, pero esto... El hecho de que comportamientos antisociales, negativos y despreciables acaben siendo premiados me parece intolerable, la verdad. Me parece peligroso.

El tema de Caranchoa es un síntoma del nuevo mundo en el que vivimos. Existen nuevos conceptos y nuevos fenómenos. La viralidad es uno de ellos y es bastante más compleja de lo que parece. La ilusión de populismo en las redes crea unos fenómenos muy curiosos, como lo es el linchamiento social, el efecto Streissand, este para el que no tenemos un nombre definido, pero que podríamos llamar Paradigma Caranchoa.
Quizá estos fenómenos existieran antes, pero la Red actúa como una placa de Petri abierta para ellos. Crecen muy rápido y sin control.

El linchamiento social, por ejemplo, puede ser un acto de justicia bien merecido. La única forma que tiene la persona de a pie de procurarse justicia ante los abusos de los poderosos. Poder callarle la boca al presidente del gobierno por Twitter o criticar a un famoso por decir barbaridades es muy atractivo a mis ojos. El problema viene cuando el falso anonimato de la red hace que se pase de la respuesta ecuánime al abuso desmedido. El señor Caranchoa nos sirve en este caso también como ejemplo (malo). Le llovieron por todas partes, le dieron la del pulpo por las redes sociales y sus colegas youtubers usaron su desgracia para sacar nuevos vídeos, ganar más likes y los dineritos que los acompañan. Hasta aquí me parece genial. Has elegido hacer carrera en la vida pública, la vida pública te juzga y te sacude por tus actos. Tus malos actos. Pero entonces la cosa se va de madre, literalmente, y empiezan a insultar a los miembros de tu familia directamente, y le empiezan a amenazar físicamente. Se nos va la pinza mucho a los humanos. Nos sentimos arropados por la masa, y sacamos lo peorcito. Este señor NO MERECE ESO. Y mucho menos su familia. Merece que le den en los morros (metafóricamente) con el mismo medio que ha empleado él para hacer sus tropelías. Y ya.

Y el tema de la viralidad es mucho peor. Porque Caranchoa eligió meterse en esto. Ganaba dinero con ello. Y la cagó al hacerse el listo. ¿Pero, y "La he liao parda"? Mejor ni busquéis de quien hablo. Es una chica que cometió un error en su vida. Un error grave, pero lo peor no fue haberlo cometido. Sino hablar de ello para la televisión. Agitada, asustada, visiblemente afectada explicó a un reportero su odisea. Y soltó un latiguillo que la va a perseguir toda la vida. Esta persona, que podríamos ser cualquiera, no se tomó a broma su error, pagó con creces las consecuencias de él. Y además, de regalo, quedó estigmatizada de por vida. Pasarán muchos años hasta que la gente la deje de señalar por la calle (lo se de buena tinta, aun pasa). Y sin embargo, no supo subirse al tren del dinero del Paradigma Caranchoa.
Simplemente le jodieron la vida.

Así que por un lado tenemos un sistema que castiga el error de manera desorbitada y premia la maldad premeditada. Todo vale en nombre de las visitas, la viralidad y hacerse unas risas a costa de otros.
Y creo que ni somos capaces de comprender lo que está pasando en realidad. Vamos dando palos de ciego, buscando fórmulas para gustar y lograr esa gloria rubiusesca, esa fama viral y los patrocinadores de turno. Las televisiones, los youtubers y en general, todo el mundo.

Y si lo pienso un poco me parece un escenario delirante.