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Raul Atreides
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El Spot de Campofrío no deja frío

Me pide Nieves Delgado que comente esto. No pensaba hacerlo, y lo había dejado pasar sin pena ni gloria. Me he obligado a verlo una segunda vez y no ha sido bonito. Recomiedo ir viendo a medida que comento. Al menos mientras me hago un canal de youTube donde convierta estos tochos en vídeos estilo Peter Jacskon. Entra cámara.



Ciudad lluviosa, solitaria. Sombría. Una mujer de corte elegante y pudiente camina hasta un escaparate de una tienda de esas de las que Julia Roberts iba a fardar de rica en Pretty Woman. Mira lo expuesto. Cajitas, en una de ellas un holograma de Chiquito de la Calzada cual fantasma casperoso repite: no puedor, no puedor. Abre narración en off:

“Hoy en día, hacer un chiste sale tan caro que es un lujo que muy pocos se pueden permitir”.

Así comienza el spot de navidad de Campofrío. Con una sociedad distópica en la que solo los pijos salidos del club de campo pueden hacer chistes. Porque hay que pagar a alguien algo por hacer humor.

Sigamos a nuestra señora de bien en su paseo por LOL, la tienda de las risas para gente con el culo tan prieto que no puede sonreír.

El lugar es como un palacio de reyezuelo, en realidad lo que estamos viendo a nivel conceptual es Tiffany’s o lo que yo me imagino que debe de ser, porque esos sitios ni pisarlos, oiga.
Le reciben los madelmanes estirados estandar y comienza el diálogo: “quiero un chiste para una ocasión especial, porque no me puedo permitir hacer chistes todos los días.”
“Comprensible”, nos dice el señor con cara de necesitar yogures de fibra. “Vamos a hacer la ruta de los gags explicativos.”
Bodas, cenas de empresa y funerales, que salen carísimos. Un señor que parece León el Profesional sin estrabismo escucha un chiste de humor negro. De los de verdad, ojo. De los de reírse en un momento de desgracia. Humor negro-blanco. Humor cebra. Muy discretito. Pero el tipo de humor que te valdría una mirada de reproche de un familiar doliente. El humor que o haces tú en el funeral de tu padre, o mejor te lo callas porque eres un gilipollas insensible.
Chistes de exhumaciones no quedan, porque este año ha sido muy bueno el género. Se supone que por el tema de Franco. Anda, aquí te confías porque parece que pueden mojarse el culo… A ver como sigue la cosa.
Y según estás así, confiándote, comienza lo duro.
“Chistes sobre la monarquía cuánto cuestan?”
“Esos, siendo periodista, el empleo”

Sí, ¿verdad? Que se lo digan a todos los periodistas que han sido críticos con la monarquía. Está Wyoming, que perdió dos empleos por ello, y… seguro que debe de haber otro. Pero la prensa se ha caracterizado en los últimos cuarenta años por un servilismo absoluto a la monarquía. Recibieron la consigna de resaltar lo campechano y próximo que era el rey. Las lágrimas de cocodrilo me resultan bastante repulsivas, lo prevengo.

Y entonces cae la primera bomba.
“Uy, piense que los chistes sobre feminismo salen muchísimo más caros”.
No más. Ni mucho. Muchísimo.
Estoy esperando ver como Pablo Motos pierde su trabajo por ser un machista rancio. En serio, sentado esperando. ¿Cómo va a salir caro hacer chistes machistas si hacer afirmaciones machistas no cuesta nada?
Abogados riéndose de víctimas de violación, políticos diciendo barbaridades, obispos envalentonados… ¿Alguno ha perdido su trabajo? ¿Ha sido denunciado? ¿Obligado a dimitir?
La loncha que nos quiere hacer tragar Campofrío empieza a cubrirse de esa babilla asquerosa y rancia del chopped abandonado en la nevera. Vamos, casi como si el tufo del Caudillo nos hubiera seguido desde la escena anterior.

Y sigue el show. Aparece Millán con el gag de Encarna de Noche. ¿Qué hace este recuerdo del pasado aquí? Puede ser un simple referente a uno de los dúos humorísticos más famosos de España, pero no dejo de pensar que justamente Josema Yuste fue uno de los “ofendidos” del chiste de la bandera de Dani Mateo. Y a raíz de sus críticas al humor ajeno, se sacó a relucir su sketch del pasado de la mujer abusada por su marido. Un sketch de la época del que vemos. Nada en publicidad es casual, oigan. Esta gente son artistas de una talla superior, que condensan mensajes y narrativas en veinte segundos. Maestros del uso del simbolismo y el decir cosas sin decirlas.
Martes y Trece aparece aquí como un recordatorio de que también son víctimas de este estado opresor del humor que viven en la distopía.

Y entonces, la estrella del show aparece, Rober Bodegas.
Poniéndonos en antecedentes, este señor es un humorista que se hizo infame por un monólogo en el que se dedicaba a insultar a los gitanos camuflando su racismo con humor y jugando a tirar la piedra y esconder la mano, creando un momento de “complicidad racista” con su público. Jugó a crear un no-espacio para lanzar ataques a los gitanos sin referirse específicamente a ellos. No chistes, porque un chiste tiene una estructura de humor, eran ataques. Como consecuencia de ello, la población gitana se enfadó bastante (comprensible) e incluso llegó a amenazarle de muerte (no tolerable). Recibió críticas muy duras por parte de los sectores menos racistas de la sociedad, y un ALUVIÓN de apoyo por parte de los sectores racistas y los “defensores del humor a toda costa”.
Si queréis otro día hablamos sobre nuestro problema con los gitanos. Pero yo no tengo ganas de meterme en camisa de once varas ahora.

El señor Bodegas aparece aquí lamentándose de que aun le queda mucho por pagar en la ventanilla de financiación. Vamos, que compró a crédito y le salió tan caro que aun sigue pagando el pato.
Pobrecito.
Un humorista que no conocía ni el Tato, que ahora es famoso en todo el país y sale en uno de los anuncios más esperados y populares de la temporada más puntera de los medios.
Seguro que lamenta el día en el que decidió insultar a los gitanos. Seguro que llora por las noches en su caja de cartón bajo un puente, arruinado porque nadie le contrata.
Bueno, menos La Chocita del Loro, en la Gran Vía de Madrid, donde hace un espectáculo llamado El Umbral de la Estupidez.
Donde podemos leer la sinopsis de su show: “Si alguna vez, viendo a los concursantes de los realities, has pensado que Hitler se quejaba de vicio con los judíos, si alguna vez un vegano te ha mirado mal por comer carne y has deseado que tanta hierba en su intestino acabe echando raíces y le salga un árbol por el culo. Si alguna vez has pensado una cosa similar a esta, (aunque no que acabaran en muerte) y además crees que es de justicia reírte de alguien que demuestra ser gilipollas, es hora de que vengas a escuchar las teorías de Rober Bodegas. Aunque sólo sea para comprobar que no estás sólo en el mundo.”
También tiene un espectáculo con Alberto Casado.
Vemos que le va falta haciendo humor como le sale de los cojones y vomitando odio. FATAL.

Mientras Bodegas se queja de lo mucho que sufre, dos gitanas de postín, Las Azúcar Moreno, están comprando dos chistes de payos. Porque los gitanos hacen chistes de payos, y en el contexto de este mini sketch, Bodegas queda reivindicado porque hay justicia en sus chistes de gitanos. ¿Veís? Las gitanas también se ríen de los payos, y los payos de los gitanos. Y tan contentos. Todos amigos. Somos iguales.
Esta banalización, este simplismo infantil no es ni inocente ni casual.
Rematan la redención de Bodegas con una frase genial. Genial a lo Goebbels.
“Lo de este muchacho lo voy a pagar yo. ¿Lo puedo pagar en oro?”.

¿Lo pilláis? Porque a los gitanos les mola mucho el oro. Esto, curiosamente, es un BUEN ejemplo de cómo Bodegas se comportó como un racista sin gracia. Eso es un chiste de gitanos, de estereotipos y como tal, racista. Pero no es necesariamente ofensivo (no soy gitano, así que tampoco puedo poner la mano en el fuego). Se basa en una generalidad, pero no en un rasgo peyorativo. Se puede calificar de ignorante, pero no está lleno de odio. Es un chiste de gitanos que podría hacer un gitano. Lo se, porque le he escuchado a mi amigo hacer uno parecido pero con mucha más gracia (hola Julián). Uno se puede reír de los estereotipos sin necesidad de llamar ladrones traficantes criminales pedófilos a los gitanos. No digo que no sea racista, pero hay niveles.
Pero no pasa nada, porque este chiste lo hacen dos gitanas. Aunque en realidad no, leen lo que les manda el que paga, pero... Y de esa manera, ellas “pagan” la deuda de Bodegas. Le perdonan en nombre de los gitanos. Y no pasa nada por hacer chistes de gitanos, ¿eh?
No pasa nada porque:
A) Eres gitana, aunque no es lo mismo la mierda que tiene que tragar un gitano pobre que una cantante famosa, pero a efectos simplistas vale.
B) Tu chiste no está lleno de odio y desprecio hacia tu pueblo.
No porque lo de Bodegas estuviera bien.

Cambio de escena, exterior. Un cliente sale y un huevo se estalla contra el escaparate.

Vemos un grupo de gente con pancartas de protesta.
“Lloro por no reír”, “Con tanta guasa es lo que pasa”, “Muerte al humor negro”, “Porque me ofendo tengo razón”.
Y el dependiente dice “Ni caso. Son los ofendiditos. Ya se les pasará”.

Toma. Directo a la línea de flotación.
Primero: ¿No habíamos quedado que esta era una sociedad distópica donde te salía caro hacer chistes? ¿Quién impone la muerte del humor entonces? ¿El estado? ¿Por qué no vemos a un montón de antidisturbios arrastrando a Willy Toledo por la calle entonces?

No. Aquí es cuando Campofrío, empresa de señoros de esos de chistera y billete de cien en llamas para encenderse los puros, se quita la careta para escupir la bilis que lleva dentro.
Aquí es donde los ofendidotes se quedan con el culo al aire. Los “ofendiditos”, señoros míos, sobraban en este anuncio. Ya estaban implícitos desde el principio. Son los que han impuesto la tiranía de lo políticamente correcto.
Pero no podían dejar pasar esto. Una escena ex profeso para burlarse de la gente que se queja del abuso del humor como medio de injusticia.
Los carteles, para empezar, son una distorsión de frases coherentes. “Porque me ofendo tengo razón” en lugar de “Tengo razón y por eso me ofendo”. Autoinsultos, ironías y una forma de escupir en la cara a quienes no encuentren gracioso tu humor o te llamen racista, machista o lo que hayas demostrado ser. Un bonito hombre de paja, pura propaganda.
Y la frase condescendiente y despectiva. “Ni caso, son los ofendiditos, ya se les pasará”.
Son imbéciles, es un capricho, ni puto caso.
¿Pero no habíamos quedado en que te salía muy caro hacer chistes? ¿Qué ahora no se podía bromear? ¿Resulta que basta solo con pasar de los que se ofenden?

Pasamos al chiste del negro del whatsapp, un clásico entre la gente que no soy yo (aun no he visto al fenómeno este, la verdad). El Langui pidiendo un chiste sobre discapacitados que le sale gratis. Lo cual es bien, porque entiende que el humor no es igual dependiendo de quien surja y mal porque engloba todas las discapacidades en una. A ver si por ser cojo vas a poder ir riéndote de la gente con síndrome de Down. Simplista e ignorante, pero vale.
Aparece el señor Igor del Jovencito Frankenstein pero en alto y viene con un maletín de embutido buscando hacer una campaña de publicidad con chiste.
“Uy! Chico! Imposible! Te la retiran seguro!”
Más lágrimas de cocodrilo estúpidas, porque tú estás haciendo justamente eso. Y las campañas no te las “retiran”. Las retiras tú porque la cagas y te das cuenta de que lo que se supone que te tiene que encumbrar te tira por los suelos. Las retiras por sensatez o cobardía. Pero no te las retiran.
Un humor mierder para promocionar su producto (comprensible porque para algo es su anuncio).

Finalmente, la señora de posibles les comenta: Necesito un killer joke. Lo quiero petar. Y se la llevan a la sala acorazada de los Mcguffin y allí tienen el teseracto de la risa. El chiste ofensivo definitivo es de suponer. Porque pregunta su precio: “Me encanta, pero qué precio tiene esto? Renunciar a lo que somos?”
Y el pingüino Pepito Grillo asiente así como si alguien le manejara cual muppet.
*sonido de vinilo chirriante*
Paren las rotativas. ¿El precio que pagas por hacer un chiste que quieres hacer es renunciar a lo que eres? ¿Cuál es aquí el mensaje?
Estamos en una sociedad donde los chistes se pagan caros. Con tu trabajo, con… recibir huevazos? Con tener visibilidad multiplicada por mil y contratos de lujo como el señor Bodegas?
El caso es que esta señora quiere el chiste que le encanta, y contarlo le va a suponer renunciar a lo que es. ¿Cómo? ¿No es contarlo justamente comportarse de acuerdo a lo que es?
Un poco estúpido todo. Pero efectista. Porque es de esas frases que te llenan la boca: “renunciar a lo que somos”.
Que sería, por ejemplo, el precio a pagar por contentar a todo el mundo. O por no ofender a nadie.
De nuevo, muy confuso si lo analizas detenidamente.

Así que llega una música de violín melancólica mientras la rana Gustavo cierra el tenderete. Terribles tiempos para los chistes, sombríos. Encerrados en una joyería de lujo para pijos y millonarios.
Y como no, por si eres gilipollas, te explican la metáfora. Quizá piensan que los que se traguen esta mierda lo necesitan.

“El día que esta tienda exista dejará de ser un chiste”. “Algo que nos hace tanto bien no puede ser un lujo”.

¿A quien le hace bien que se vanalice la violación? ¿O que se mofen de los gitanos llamándolos vagos y delincuentes? ¿A quien le hace bien reírse de la exhumación de un dictador genocida? ¿A quien beneficia convertir a un asesino cruel y a un régimen de terror en algo que se recuerde con una sonrisa en la cara?


Bueno, esto es el anuncio comentado. ¿Qué conclusiones se pueden sacar?
Pues que es basura. Pero no solo basura. Es basura bien conocida.

Esta gente está haciendo suyo el discurso que llevamos oyendo años. Por parte de los ofendidotes. Y le voy a robar el término a Israel Alonso. ¿Quiénes son los ofendidotes? Pues esta gente que gusta de tener un status quo, de haberse reído toda su vida de los chistes de maricas y gitanos y reacciona muy mal cuando alguien les señala que esto que hacían antes, era racista o machista. En vez de escuchar la voz crítica, se rasgan las vestiduras y auguran el fin del mundo. Hablan de que ya no se podrá hacer chistes con nada, que la gente se ofende enseguida, y temen la “dictadura de lo políticamente correcto”. Además, cualquier persona que disienta de su punto de vista es tachada automáticamente con el despectivo nombre de “ofendidito”, un término peyorativo y paternalista, que intenta menospreciar la crítica disfrazándola de rabieta.

¿OS SUENAN?
Según escribía esa descripción, que, por cierto, he repetido mucho en lo que va de año, me he dado cuenta de que los señoros de Campofrío han cantado el bingo del ofendidote. TODAS Y CADA UNA DE LAS CASILLAS.
Podéis pensar que he intentado encajar los puntos con el anuncio, pero no. Os lo prometo. Y podría rescatar posts de Facebook donde hablo de esto. Incluso en este mismo blog critiqué a un cómico que se quejaba de lo que él llamaba “los estupendos”, es decir, los ofendiditos. Ya empezaba a fraguarse el asunto.
Evidentemente, yo seré tildado de “ofendidito”, pese a que no me sienta ofendido en absoluto por este anuncio. Pese a que sea blanco, hetero, varón y de mediana edad y ni Bodegas ni Arévalo me ofendan con sus chistes de mierda.
Es un poder rayano al fascismo el de los ofendidotes. Cierran filas ante las voces críticas y ponen estrellitas de ofendido en el pecho de quienes hablan en su contra. Se inventan una caza de brujas y un enemigo terrible, para visualizarse como rebeldes cuando lo que hacen es seguir el juego al sistema más tradicional y reaccionario.

Y lo peor es que mientras escribo esto, no puedo dejar de ver que este anuncio no es más que un signo de los tiempos que nos vienen. Un tiempo en el que los ofendidotes cierran filas, temiendo que la protesta social y la justicia vulneren los privilegios que han gozado desde hace siglos. Que no les toquen sus chistes de mujeres, de maricas, de gitanos. Que no vengan con mierdas de violencia de género.
Esto, traducido al marco político, es lo que estamos viendo en las urnas.
No quiero decir que los ofendidotes voten a la ultraderecha, no. Pero este comportamiento que muestra el anuncio de Campofrío es el mismo principio.
Es la lágrima de cocodrilo del poderoso, que se lamenta del precio que tiene que pagar por seguir siendo despreciable, aunque ese precio no exista. Que se lamenta de que los tiempos cambien y la gente le tosa, porque le van a venir a él a decir como tiene que reírse.

Este anuncio es MUY chungo.

Lo superficial es evidente y otro signo de los ofendidotes. Mientras que se les llena la boca de “libertad de expresión” y “los límites del humor no deberían tocarse” o “la dictadura de lo políticamente correcto”, se callan y no dicen nada cuando la libertad de expresión es aplastada literalmente, los límites del humor se fijan donde al poder no le molesta y la dictadura estatal campa a sus anchas. Desde hace un año, cada vez que alguien es procesado por haberse expresado, enlazo lo mismo: un grito vacío del que no hay eco. Y no veo a los ofendidotes rasgarse las vestiduras cuando Valtonyc tiene que huir del país, cuando Casandra es procesada, cuando Strawberry es condenado, Willy Toledo llevado a juicio por blasfemia, Dani Mateo encausando por sonarse los mocos con un puto trapo, el Jueves secuestrado por hacer chistes sobre el rey, los documentales prohibidos, la prensa coaccionada. NI UNA PUTA MOSCA se oye. Los ofendidotes solo entran en cólera cuando alguien es criticado, NO CENSURADO, CRITICADO, por ser machista, racista u homófobo.

Así que haced las cuentas.

En un país donde hemos asistido a niveles de represión dictatoriales al humor. Donde tenemos una ley mordaza digna de una dictadura bananera, donde se está persiguiendo la blasfemia y la gente va a la cárcel por canciones o chistes sobre Carrero, esto es de un mal gusto tremendo.
Este spot no es un canto a lo bonito del humor. No es una defensa de la libertad de expresión. No denuncia el problema horrible que tenemos, que es a nivel estatal. Ni una sola mención a la gente enjuiciada por ello. Es el do de pecho de los ofendidotes. Es el cuñadismo en su plena potencia, diciéndote en Navidades: “prepárate, que este año traigo chistes de gitanos para parar un tren”.

Tags: odio social
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